Había probado todos los inhibidores de sueño que había en el mercado, los legales, evidentemente, pero también algunos de los ilegales, que habitualmente no quedaban más que en promesas.
No es que los sueños programados fueran malos, cada uno, a través de un selector en la pared de su habitación podía modificar los porcentajes de recuerdos, temor, miedo, sexo o amor podría tener un sueño. De esta manera una máquina no demasiado compleja, situada junto a la lámpara china de su habitación hacía la mezcla y proyectaba en su cerebro situaciones previamente aprobadas por el comité de censura.
Aquellos sueños carecían de algo, Bern no sabía exactamente qué era, él nunca había soñado de una manera natural, siempre había recurrido al artificio, pero había escuchado hablar a sus padres de los sueños verdaderos. Nunca encontró demasiada diferencia entre las explicaciones de sus padres y un sueño real, por ello tampoco nunca tuvo que elegir entre unos y otros. Comenzó a engancharse a los sueños artificiales con catorce años, su selector nocturno marcaba indiferentemente sexo o temor, le gustaba jugar con aquellos dos sentimientos.
Con esa configuración consiguió alguno de los mejores recuerdos de su adolescencia, polvos salvajes con compañeras de instituto, carreras de motos ilegales y huidas lejos de su ciudad, de su casa de economía media en los suburbios. Todo aquello explotó cuando al cumplir los 30 años comenzó a darse cuenta de que en él no existía la necesidad de vivir lo que soñaba. Había perdido la mitad de su vida soñando lo que quería vivir, pero sin vivir esa sensación. Fue entonces cuando el selector de sueños de su nueva casa se dirigía más hacia paisajes, vacaciones o viajes. Él no quería vivir esos sueños, no le importaba soñarlos. Él quería volver a follarse a sus compañeras de instituto, más bien hacerlo por primera vez, se daba cuenta de que sus experiencias, ya sean sexuales o no, valían de poco. Era más el recuerdo creado a través de sus sueños, que conformaba la piel y la carne de aquellos recuerdos esqueléticos que poseía.
Fue en ese momento en el que comenzó a recurrir a determinadas terapias, comenzó con las legales, artificios que el Ministerio disfrazaba de una apariencia ilegal y cuyo único objetivo era dirigir, más aun, los sueños de os incautos que atendían a las sesiones de terapia. Pero de eso se daría cuenta más tarde. Era una manera más de controlar los elementos subersivos de la comunidad.