Sinovesnoesarte

Todo esto.
Despertarse triste, tratar de pisar con el pie derecho y pensar qué es una mierda, que no sirve de nada y del camino interno que suelen dibujar las lágrimas una de ellas se escapa por el rabillo del ojo, tan pequeña que seguro que nadie se da cuenta, nadie salvo tú, que sabes que está ahí, tímida. Realmente la peor parte es encender la luz, no despertar a nadie cuando lo haces, eso era la verdadera tristeza de despertarse cada mañana. Preparar algo de desayuno, una ducha, y al trabajo, aquella rutina que tanto tiempo tardó en perfeccionar se había convertido en algo delicioso, algo que guiaba desde un principio su día, pisar con el pie derecho.
La peor parte era encender la luz, habría preferido despertarla siempre, dejar la luz apagada, vestirse a oscuras y cambiar la deliciosa rutina por un beso, por ver sus ojos hinchados y poder mirarla mientras se daba la vuelta, mientras cerraba la puerta. Respirar profundo y decirse a si mismo que si.

Todo esto.

Despertarse triste, tratar de pisar con el pie derecho y pensar qué es una mierda, que no sirve de nada y del camino interno que suelen dibujar las lágrimas una de ellas se escapa por el rabillo del ojo, tan pequeña que seguro que nadie se da cuenta, nadie salvo tú, que sabes que está ahí, tímida. Realmente la peor parte es encender la luz, no despertar a nadie cuando lo haces, eso era la verdadera tristeza de despertarse cada mañana. Preparar algo de desayuno, una ducha, y al trabajo, aquella rutina que tanto tiempo tardó en perfeccionar se había convertido en algo delicioso, algo que guiaba desde un principio su día, pisar con el pie derecho.

La peor parte era encender la luz, habría preferido despertarla siempre, dejar la luz apagada, vestirse a oscuras y cambiar la deliciosa rutina por un beso, por ver sus ojos hinchados y poder mirarla mientras se daba la vuelta, mientras cerraba la puerta. Respirar profundo y decirse a si mismo que si.

Ocurría cada cierto tiempo, era algo temido, a priori, por muchos, el borrado periódico de la mente podía tener dos orígenes.
El primero era un mal comportamiento, cuyo control estaba al cargo del juicio del comportamiento, una división de la policía que, sin intermediación alguna, tenían la potestad de detener, borrar y reubicar la mente de quienes estuvieran cometiendo un delito.
La segunda opción en cambio era la más cruel, sin previo aviso el Partido enviaba a dos representantes a casa de los que iban a ser borrados. Éstos eran dirigidos a unas dependencias en las que se les despojaba de su ropa, de sus cartas de identidad y lo que es más importante, de sus recuerdos, al día siguiente eran reubicados en algún lugar del territorio con unos recuerdos nuevos y probablemente una nueva familia.
Evidentemente esto eran siempre rumores, ya que nadie se acuerda de haber sufrido tal maltrato por parte del partido, nadie podría acordarse desde que se inventó el borrado de memoria. Nadie recordaba significaba que nunca había pasado. Pero una simple búsqueda en los buscadores de internet ajenos al partido arrojaba miles de enlaces con gente hablando de sus propias experiencias.
Yo no sabía si aquello era cierto, pero presentía que algo había fallado en mi caso. Por las noches tenía miedo.

Ocurría cada cierto tiempo, era algo temido, a priori, por muchos, el borrado periódico de la mente podía tener dos orígenes.

El primero era un mal comportamiento, cuyo control estaba al cargo del juicio del comportamiento, una división de la policía que, sin intermediación alguna, tenían la potestad de detener, borrar y reubicar la mente de quienes estuvieran cometiendo un delito.

La segunda opción en cambio era la más cruel, sin previo aviso el Partido enviaba a dos representantes a casa de los que iban a ser borrados. Éstos eran dirigidos a unas dependencias en las que se les despojaba de su ropa, de sus cartas de identidad y lo que es más importante, de sus recuerdos, al día siguiente eran reubicados en algún lugar del territorio con unos recuerdos nuevos y probablemente una nueva familia.

Evidentemente esto eran siempre rumores, ya que nadie se acuerda de haber sufrido tal maltrato por parte del partido, nadie podría acordarse desde que se inventó el borrado de memoria. Nadie recordaba significaba que nunca había pasado. Pero una simple búsqueda en los buscadores de internet ajenos al partido arrojaba miles de enlaces con gente hablando de sus propias experiencias.

Yo no sabía si aquello era cierto, pero presentía que algo había fallado en mi caso. Por las noches tenía miedo.

Llegó a pensar que aquello no tenía sentido, lo hacía a diario, pero no sabía exactamente por qué no lo tenía. Se peleaba con sus recuerdos a diario pero no era capaz de recordar, sabía que en alguna ocasion, obligado por las instrucciones del gobierno, se había tenido que someter a algún borrado obligatorio. El proceso era sencillo, un par de policías se presentaban en tu casa con la orden, te trasladaban a un lugar indefinido a las afueras de la ciudad y te borraban la mente, esto él lo sabía porque trabajaba en el ministerio. El resto de gente no lo sabía, ni podía imaginarse que aquello pasaba, simplemente cuando eran devueltos a su casa no recordaban que debían recordar.
El proceso creaba lo que él llamaba jóvenes-viejos, mentalmente habían vivido menos años de los que físicamente aparentaban, aquello creaba una paradoja de la que muchos no se recuperaron nunca. echando la vista atrás algunos recuerdos aparecían cortados, eso dependía del funcionario del ministerio asignado a cada uno. Los había más cuidadosos, en cambio otros no prestaban atención a lo que hacían y fragmentaban la vida de cada uno. 
En los orígenes de los borrados se dieron casos de personas que no recordaban a su familia o el camino a casa, esos primeros casos fueron un desastre y provocaron asesinatos de estado. Esto Bern lo sabía porque trabajaba en el ministerio.

Llegó a pensar que aquello no tenía sentido, lo hacía a diario, pero no sabía exactamente por qué no lo tenía. Se peleaba con sus recuerdos a diario pero no era capaz de recordar, sabía que en alguna ocasion, obligado por las instrucciones del gobierno, se había tenido que someter a algún borrado obligatorio. El proceso era sencillo, un par de policías se presentaban en tu casa con la orden, te trasladaban a un lugar indefinido a las afueras de la ciudad y te borraban la mente, esto él lo sabía porque trabajaba en el ministerio. El resto de gente no lo sabía, ni podía imaginarse que aquello pasaba, simplemente cuando eran devueltos a su casa no recordaban que debían recordar.

El proceso creaba lo que él llamaba jóvenes-viejos, mentalmente habían vivido menos años de los que físicamente aparentaban, aquello creaba una paradoja de la que muchos no se recuperaron nunca. echando la vista atrás algunos recuerdos aparecían cortados, eso dependía del funcionario del ministerio asignado a cada uno. Los había más cuidadosos, en cambio otros no prestaban atención a lo que hacían y fragmentaban la vida de cada uno. 

En los orígenes de los borrados se dieron casos de personas que no recordaban a su familia o el camino a casa, esos primeros casos fueron un desastre y provocaron asesinatos de estado. Esto Bern lo sabía porque trabajaba en el ministerio.

Su comportamiento, a otros ojos, los del ministerio o los de sus compañeros, lo había aprendido en los diarios que le había legado su madre, y que hábilmente había sabido ocultar. Así muchas tardes salía de casa por el simple placer de estar fuera, sin un destino determinado. Aquello podía parecer estúpido en una sociedad tan utilitaria como aquella, en la que todo servía para algo, no existían aquellas cosas que de pequeño guardaba sin ningún sentido determinado. Eso se había acabado, pero hacía pocos días que había encontrado el diario, y le apetecía salir a la calle a leerlo.
Por lo que se daba cuenta a cada página las cosas habían cambiado mucho, era un cuaderno simple, con tapas duras decoradas pero sin ningún aliciente más, probablemente lo habría tirado con el resto de cosas que el ministerio le había obligado a no guardar. Lo que llamó la atención fueron aquellas páginas sueltas que parecían querer huir del cuaderno. 
Por lo que ahora veía aquellas páginas se escribieron más con el deseo de ser leidas que de ser escritas, no siempre es asíy mucho menos en el caso de los diarios. Ahora ya nadie escribía diarios, no tenían sentido, todo quedaba registrado en cámaras y micrófonos, podías recurrir a cada momento de tu vida a través del ministerio, con un simple formulario al instante obtenías los recuerdos deseados. Por lo que podía ver ahora no era capaz de acceder a los sentimientos de cada momento.

Su comportamiento, a otros ojos, los del ministerio o los de sus compañeros, lo había aprendido en los diarios que le había legado su madre, y que hábilmente había sabido ocultar. Así muchas tardes salía de casa por el simple placer de estar fuera, sin un destino determinado. Aquello podía parecer estúpido en una sociedad tan utilitaria como aquella, en la que todo servía para algo, no existían aquellas cosas que de pequeño guardaba sin ningún sentido determinado. Eso se había acabado, pero hacía pocos días que había encontrado el diario, y le apetecía salir a la calle a leerlo.

Por lo que se daba cuenta a cada página las cosas habían cambiado mucho, era un cuaderno simple, con tapas duras decoradas pero sin ningún aliciente más, probablemente lo habría tirado con el resto de cosas que el ministerio le había obligado a no guardar. Lo que llamó la atención fueron aquellas páginas sueltas que parecían querer huir del cuaderno. 

Por lo que ahora veía aquellas páginas se escribieron más con el deseo de ser leidas que de ser escritas, no siempre es asíy mucho menos en el caso de los diarios. Ahora ya nadie escribía diarios, no tenían sentido, todo quedaba registrado en cámaras y micrófonos, podías recurrir a cada momento de tu vida a través del ministerio, con un simple formulario al instante obtenías los recuerdos deseados. Por lo que podía ver ahora no era capaz de acceder a los sentimientos de cada momento.

Así como los libros no estaban prohibidos, pero si censurados, eso él lo sabía porque trabajaba en el ministerio, el resto de la sociedad vivía tranquilamente pensando que la libre expresión era el leit motiv de aquella nueva sociedad.
Así como los libros no estaban prohibidos no era así con la música, en su momento se había seleccionado un grupo de expertos que analizó toda la música existente hasta el año 1988. La tarea fue hercúlea, analizar una a una cada canción, melodía y letra, analizando si era adecuada o no para poder escucharse. Al contrario de lo que podría suponerse no se buscaba leguaje inadecuado o letras subersivas…

Así como los libros no estaban prohibidos, pero si censurados, eso él lo sabía porque trabajaba en el ministerio, el resto de la sociedad vivía tranquilamente pensando que la libre expresión era el leit motiv de aquella nueva sociedad.

Así como los libros no estaban prohibidos no era así con la música, en su momento se había seleccionado un grupo de expertos que analizó toda la música existente hasta el año 1988. La tarea fue hercúlea, analizar una a una cada canción, melodía y letra, analizando si era adecuada o no para poder escucharse. Al contrario de lo que podría suponerse no se buscaba leguaje inadecuado o letras subersivas…

Algunos de los objetos que recuperó de aquel camión era aun un interrogante en su casa, esperando a ser desenmascarados, había buscado en internet sobre ellos, pero por mucho que lo intentó toda la información anterior al alzamiento había sido borrada. Él sabía que existía, que nadie se había atrevido a destruirla, lo sabía porque trabajaba en el ministerio, pero no sabía como recurrir a ella. El simple hecho de pensar en intentar buscar esa información podría traerle muchos problemas en el trabajo, así que era un pensamiento que dejaba para su vida personal. para su casa.
En su habitación, sólo separada del salón por un muro abierto a ambos lados, sólo una cama y un sistema de comunicación desde el que podía acceder a toda la información necesaria. La configuración inicial era diferente, el aparato reproductor de cine estaba en la habitación mientras que el centro de información debería estar en el salón, pero no era así, como si Bern hubiera girado la pared (eso le recordaba a algunas de esas películas antiguas en las que el protagonista pulsa un botón secreto y la pared gira) los dos polos se habían alterado, así podía ver las películas desde el salón y obtener toda la información desde la cama. Había adquirido ese habito en la época adolescente, cuando aun vivía con sus padres en una pequeña habitación en la que aun podía modificar los muebles a su antojo. Pronto eso también cambió.
No leía mucho, por supuesto el ministerio no había prohibido el papel, le gustaba la novela Farenheit 451, y se imaginaba el temor que algunos podían haber sufrido viéndola. Este no era el caso, y de haberlo sido su trabajo como corrector en el ministerio le habría permitido obtener cuantos libros necesitara. Aprovechaba esa situación y cogía libros prestados del trabajo, para no tener que pagarlos, sería muy caro debido a la habilidad lectora que había adquirido con los años. Leía uno o incluso dos libros a la semana, aun no le habían asignado una pareja, de hecho él no la había solicitado, así que mantenía su parcela de tiempo libre, vigilado, pero libre en el fondo.

Algunos de los objetos que recuperó de aquel camión era aun un interrogante en su casa, esperando a ser desenmascarados, había buscado en internet sobre ellos, pero por mucho que lo intentó toda la información anterior al alzamiento había sido borrada. Él sabía que existía, que nadie se había atrevido a destruirla, lo sabía porque trabajaba en el ministerio, pero no sabía como recurrir a ella. El simple hecho de pensar en intentar buscar esa información podría traerle muchos problemas en el trabajo, así que era un pensamiento que dejaba para su vida personal. para su casa.

En su habitación, sólo separada del salón por un muro abierto a ambos lados, sólo una cama y un sistema de comunicación desde el que podía acceder a toda la información necesaria. La configuración inicial era diferente, el aparato reproductor de cine estaba en la habitación mientras que el centro de información debería estar en el salón, pero no era así, como si Bern hubiera girado la pared (eso le recordaba a algunas de esas películas antiguas en las que el protagonista pulsa un botón secreto y la pared gira) los dos polos se habían alterado, así podía ver las películas desde el salón y obtener toda la información desde la cama. Había adquirido ese habito en la época adolescente, cuando aun vivía con sus padres en una pequeña habitación en la que aun podía modificar los muebles a su antojo. Pronto eso también cambió.

No leía mucho, por supuesto el ministerio no había prohibido el papel, le gustaba la novela Farenheit 451, y se imaginaba el temor que algunos podían haber sufrido viéndola. Este no era el caso, y de haberlo sido su trabajo como corrector en el ministerio le habría permitido obtener cuantos libros necesitara. Aprovechaba esa situación y cogía libros prestados del trabajo, para no tener que pagarlos, sería muy caro debido a la habilidad lectora que había adquirido con los años. Leía uno o incluso dos libros a la semana, aun no le habían asignado una pareja, de hecho él no la había solicitado, así que mantenía su parcela de tiempo libre, vigilado, pero libre en el fondo.

La ventana de su habitación ofrecía una agradable vista al acantilado que se levantaba a la derecha de su edificio, en la parte izquierda podía ver el movimiento perpetuo del mar. Uno de las premisas principales del impreso 5 era que el individuo debería sentirse cómodo en su propia casa, por ello la realidad que se veía a través de las ventanas era modificada al gusto del propietario.
La metodología era muy sencilla, si había algo que no cambiaba a través de las ventanas del edificio era el sol, la luna, o las inclemencias metereológicas, el resto se podía modificar a gusto, un acantilado y el mar, como en el caso de Bern, un edificio de la denominada edad del renacimiento o un bosque, cualquier cosa adquiría la apariencia de real a través de esos cristales. Su invención fue una auténtica revolución, mejoró la calidad de vida y las estadísticas de autocontrol se dispararon, hubo quien lo comparó con el acuerdo mundial de paz y no le faltaba razón, aquello había traido la felicidad a muchos.
Su habitación tenía vistas a un acantilado y desde ella podía ver el mar, pero era mentira, pero a Bern no le importaba, se quedaba dormido viendo puestas de sol y aquello se transformaba inmediatamente en felicidad. 
El resto de su vivienda tenía las medidas suficientes para un hombre de su estado en la sociedad. La pequeña cocina se autoabastecía a través de los conductos internos del propio edificio. Era un espacio más parecido a la mesa de operaciones de un hospital que a una cocina, la limpieza automática hacía que ningún resto de cocina, ni de platos sucios quedara esparcido después de utilizarse, asimismo la cocina preparaba algunos de los platos simples que consistían en la dieta básica. Si uno quería completarla sólo debía acudir a la tienda situada en los bajos del edificio en la que se podía adquirir desde productos frescos hasta los más exóticos manjares ya preparados. A bern le consolaba saber que llevar una dieta equilibrada era sencillo.
Como contraste el resto de la sala consistía en una sola estancia que hacía de sala de estar y habitación. El ambiente era completamente inocuo, allí no pasaba nada, la capacidad de decorar al propio gusto quedaba limitada, a pesar de ello en el apartamento de Bern había cosas curiosas que había conseguido por ahí, habitualmente viajes pero principalmente tras uno de sus múltiples hallazgos, a la salida de su trabajo en el ministerio vio que uno de los camiones que hacían la mudanza de los puestos de trabajo de algunos compañeros estaban allí sin ningún sentido, así se acercó y al verlo vacío quiso arriesgarse a mirar lo que había dentro, cogió alguno de los bultos, los de menor tamaño, que estaban perfectamente embalados y etiquetados. Consiguió ocultarlos en una mochila e intentando mantener la calma llegó a casa.

La ventana de su habitación ofrecía una agradable vista al acantilado que se levantaba a la derecha de su edificio, en la parte izquierda podía ver el movimiento perpetuo del mar. Uno de las premisas principales del impreso 5 era que el individuo debería sentirse cómodo en su propia casa, por ello la realidad que se veía a través de las ventanas era modificada al gusto del propietario.

La metodología era muy sencilla, si había algo que no cambiaba a través de las ventanas del edificio era el sol, la luna, o las inclemencias metereológicas, el resto se podía modificar a gusto, un acantilado y el mar, como en el caso de Bern, un edificio de la denominada edad del renacimiento o un bosque, cualquier cosa adquiría la apariencia de real a través de esos cristales. Su invención fue una auténtica revolución, mejoró la calidad de vida y las estadísticas de autocontrol se dispararon, hubo quien lo comparó con el acuerdo mundial de paz y no le faltaba razón, aquello había traido la felicidad a muchos.

Su habitación tenía vistas a un acantilado y desde ella podía ver el mar, pero era mentira, pero a Bern no le importaba, se quedaba dormido viendo puestas de sol y aquello se transformaba inmediatamente en felicidad. 

El resto de su vivienda tenía las medidas suficientes para un hombre de su estado en la sociedad. La pequeña cocina se autoabastecía a través de los conductos internos del propio edificio. Era un espacio más parecido a la mesa de operaciones de un hospital que a una cocina, la limpieza automática hacía que ningún resto de cocina, ni de platos sucios quedara esparcido después de utilizarse, asimismo la cocina preparaba algunos de los platos simples que consistían en la dieta básica. Si uno quería completarla sólo debía acudir a la tienda situada en los bajos del edificio en la que se podía adquirir desde productos frescos hasta los más exóticos manjares ya preparados. A bern le consolaba saber que llevar una dieta equilibrada era sencillo.

Como contraste el resto de la sala consistía en una sola estancia que hacía de sala de estar y habitación. El ambiente era completamente inocuo, allí no pasaba nada, la capacidad de decorar al propio gusto quedaba limitada, a pesar de ello en el apartamento de Bern había cosas curiosas que había conseguido por ahí, habitualmente viajes pero principalmente tras uno de sus múltiples hallazgos, a la salida de su trabajo en el ministerio vio que uno de los camiones que hacían la mudanza de los puestos de trabajo de algunos compañeros estaban allí sin ningún sentido, así se acercó y al verlo vacío quiso arriesgarse a mirar lo que había dentro, cogió alguno de los bultos, los de menor tamaño, que estaban perfectamente embalados y etiquetados. Consiguió ocultarlos en una mochila e intentando mantener la calma llegó a casa.

Había probado todos los inhibidores de sueño que había en el mercado, los legales, evidentemente, pero también algunos de los ilegales, que habitualmente no quedaban más que en promesas.
No es que los sueños programados fueran malos, cada uno, a través de un selector en la pared de su habitación podía modificar los porcentajes de recuerdos, temor, miedo, sexo o amor podría tener un sueño. De esta manera una máquina no demasiado compleja, situada junto a la lámpara china de su habitación hacía la mezcla y proyectaba en su cerebro situaciones previamente aprobadas por el comité de censura. 
Aquellos sueños carecían de algo, Bern no sabía exactamente qué era, él nunca había soñado de una manera natural, siempre había recurrido al artificio, pero había escuchado hablar a sus padres de los sueños verdaderos. Nunca encontró demasiada diferencia entre las explicaciones de sus padres y un sueño real, por ello tampoco nunca tuvo que elegir entre unos y otros. Comenzó a engancharse a los sueños artificiales con catorce años, su selector nocturno marcaba indiferentemente sexo o temor, le gustaba jugar con aquellos dos sentimientos. 
Con esa configuración consiguió alguno de los mejores recuerdos de su adolescencia, polvos salvajes con compañeras de instituto, carreras de motos ilegales y huidas lejos de su ciudad, de su casa de economía media en los suburbios. Todo aquello explotó cuando al cumplir los 30 años comenzó a darse cuenta de que en él no existía la necesidad de vivir lo que soñaba. Había perdido la mitad de su vida soñando lo que quería vivir, pero sin vivir esa sensación. Fue entonces cuando el selector de sueños de su nueva casa se dirigía más hacia paisajes, vacaciones o viajes. Él no quería vivir esos sueños, no le importaba soñarlos. Él quería volver a follarse a sus compañeras de instituto, más bien hacerlo por primera vez, se daba cuenta de que sus experiencias, ya sean sexuales o no, valían de poco. Era más el recuerdo creado a través de sus sueños, que conformaba la piel y la carne de aquellos recuerdos esqueléticos que poseía.
Fue en ese momento en el que comenzó a recurrir a determinadas terapias, comenzó con las legales, artificios que el Ministerio disfrazaba de una apariencia ilegal y cuyo único objetivo era dirigir, más aun, los sueños de os incautos que atendían a las sesiones de terapia. Pero de eso se daría cuenta más tarde. Era una manera más de controlar los elementos subersivos de la comunidad.

Había probado todos los inhibidores de sueño que había en el mercado, los legales, evidentemente, pero también algunos de los ilegales, que habitualmente no quedaban más que en promesas.

No es que los sueños programados fueran malos, cada uno, a través de un selector en la pared de su habitación podía modificar los porcentajes de recuerdos, temor, miedo, sexo o amor podría tener un sueño. De esta manera una máquina no demasiado compleja, situada junto a la lámpara china de su habitación hacía la mezcla y proyectaba en su cerebro situaciones previamente aprobadas por el comité de censura. 

Aquellos sueños carecían de algo, Bern no sabía exactamente qué era, él nunca había soñado de una manera natural, siempre había recurrido al artificio, pero había escuchado hablar a sus padres de los sueños verdaderos. Nunca encontró demasiada diferencia entre las explicaciones de sus padres y un sueño real, por ello tampoco nunca tuvo que elegir entre unos y otros. Comenzó a engancharse a los sueños artificiales con catorce años, su selector nocturno marcaba indiferentemente sexo o temor, le gustaba jugar con aquellos dos sentimientos. 

Con esa configuración consiguió alguno de los mejores recuerdos de su adolescencia, polvos salvajes con compañeras de instituto, carreras de motos ilegales y huidas lejos de su ciudad, de su casa de economía media en los suburbios. Todo aquello explotó cuando al cumplir los 30 años comenzó a darse cuenta de que en él no existía la necesidad de vivir lo que soñaba. Había perdido la mitad de su vida soñando lo que quería vivir, pero sin vivir esa sensación. Fue entonces cuando el selector de sueños de su nueva casa se dirigía más hacia paisajes, vacaciones o viajes. Él no quería vivir esos sueños, no le importaba soñarlos. Él quería volver a follarse a sus compañeras de instituto, más bien hacerlo por primera vez, se daba cuenta de que sus experiencias, ya sean sexuales o no, valían de poco. Era más el recuerdo creado a través de sus sueños, que conformaba la piel y la carne de aquellos recuerdos esqueléticos que poseía.

Fue en ese momento en el que comenzó a recurrir a determinadas terapias, comenzó con las legales, artificios que el Ministerio disfrazaba de una apariencia ilegal y cuyo único objetivo era dirigir, más aun, los sueños de os incautos que atendían a las sesiones de terapia. Pero de eso se daría cuenta más tarde. Era una manera más de controlar los elementos subersivos de la comunidad.

3.
…El trabajo previo había consistido en entrevistas con los responsables de la instalación, previa aprobación por parte de los censores de las preguntas que yo iba a hacer. Poca cosa si tenemos en cuenta que era una exposición vacía, o aquella era mi teoría, en la que al salir la mente de los espectadores era borrada. Todo era secreto, a primeras luces todo parecía nada más que un juego.
 
Aquellas entrevistas no fueron tales, con las horas, y fueron varias, se convirtió en un interrogatorio en el que yo era la persona analizada. Me retiraron mi tarjeta de identificación y analizaron todo lo que pudieron en ella, tanto internamente(lo que no comprendí, todos los datos estaban almacenados en la Base de Datos) como externamente, restos de drogas o algún uso irregular de la misma. A partir de ese proceso todo se volvió mucho más incómodo. A pesar de que eran conscientes de que mi intención a la hora de asistir a la exposición era cubrir la noticia para El Periódico insistieron buscando algo más. Una motivación oculta. En ese momento no existía…
 

3.

…El trabajo previo había consistido en entrevistas con los responsables de la instalación, previa aprobación por parte de los censores de las preguntas que yo iba a hacer. Poca cosa si tenemos en cuenta que era una exposición vacía, o aquella era mi teoría, en la que al salir la mente de los espectadores era borrada. Todo era secreto, a primeras luces todo parecía nada más que un juego.

 

Aquellas entrevistas no fueron tales, con las horas, y fueron varias, se convirtió en un interrogatorio en el que yo era la persona analizada. Me retiraron mi tarjeta de identificación y analizaron todo lo que pudieron en ella, tanto internamente(lo que no comprendí, todos los datos estaban almacenados en la Base de Datos) como externamente, restos de drogas o algún uso irregular de la misma. A partir de ese proceso todo se volvió mucho más incómodo. A pesar de que eran conscientes de que mi intención a la hora de asistir a la exposición era cubrir la noticia para El Periódico insistieron buscando algo más. Una motivación oculta. En ese momento no existía…